Recuerdo como si fuera ayer aquellas tardes pacíficas de verano cuando mi yaya Lola decidía hacer rosquillas caseras. Era toda una celebración, no sólo por observar cómo mezclaba los ingredientes y los amasaba hasta convertirlos en una masa compacta, sino porque luego me daba un trocito y yo hacía un muñeco que freíamos al final.